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Lo que el monito Punch puede decirnos de las madres

La historia viral de un macaco apartado por su madre vuelve visible una pregunta clave: qué ocurre en la constitución psíquica cuando el primer vínculo no sostiene y la falta de investidura materna marca el comienzo de una ausencia que puede acompañar toda la vida

Una cría de macaco japonés fue rechazada por su madre. Desde entonces se aferra a un peluche, como si ese objeto pudiera ofrecerle la estabilidad que el cuerpo materno le negó. La escena, repetida una y otra vez en nuestras pantallas, nos deja sin aliento desde hace semanas.

Se celebra cada gesto de acercamiento de otros animales y se teme cada empujón. Acompañamos su andar con una mezcla de conmiseración y desvelo, mientras arrastra a su compañero de felpa porque sabemos que es una operación radical: de ello depende la posibilidad misma de sostenerse con vida.

La fragilidad de ese pequeño ha generado una forma de vigilancia emocionalcolectiva. Verlo desplazarse hacia un objeto transicional no despierta solo ternura: confronta con la inermidad y la fuerza del comienzo de la vida. Mueve tantas emociones que incluso se ha creado una cuenta oficial para seguir su evolución, para asistir a su vida televisada, una transmisión continua de su desarrollo convertida en espectáculo, con los condimentos del suspenso y en la época del sharenting.

La escena recuerda inevitablemente a The Truman Show, la película en la que la vida de un hombre es observada y transmitida sin que él lo sepa, convertida en experimento social y entretenimiento masivo.

Miramos, comentamos, aguardamos el próximo episodio. Observamos su pequeña carita —que también parece un peluche— deseando que alguien lo quiera y lo sostenga.

El rechazo materno genera algo que pocas escenas logran: un consenso afectivoinmediato. Lo llamativo no es la especie, es la unanimidad que produce. No importa la cultura, la lengua o la ideología. Cuando el primer vínculo falla, algo primario se activa en todos nosotros.

La historia de Punch, en el Zoológico de Ichikawa, se convirtió en un fenómeno viral global. Bajo la etiqueta #HangInTherePunch, el caso generó empatía masivaen redes sociales, duplicó las visitas al zoológico y provocó la escasez del peluche en múltiples países. La escena dejó de ser una anécdota zoológica para convertirse en la exposición sostenida de un vínculo fallido.

Las autoridades del zoológico ofrecieron explicaciones ambientales y conductuales —calor extremo, inexperiencia materna— para comprender lo ocurrido. Pero más allá de esas hipótesis, el dato que permanece es uno solo: hubo rechazo.

Son hipótesis etológicas plausibles. Y, sin embargo, incluso aceptándolas, algo permanece opaco: desconocemos en profundidad cómo se configura la experiencia subjetiva animal en situaciones de estrés materno. Entre la biología y la experiencia hay una zona que no dominamos.

La intensidad de la atención mundial puesta sobre ese pequeño deseante y luchador dice algo por sí solo. En esa mirada masiva se activa una identificación silenciosa: el desamparo.

El ser humano nace en una dependencia absoluta, es su condición estructural. Un recién nacido no puede sostener su cuerpo, ni regular su hambre, ni organizar su angustia. Esa dependencia no es solo biológica, es psíquica.

El médico y psicoanalista austro-estadounidense René Spitz, pionero en la investigación directa del desarrollo infantil y los efectos de la privación afectiva, lo demostró con crudeza a mediados del siglo XX al describir el marasmo y la depresión anaclítica en niños institucionalizados y privados de vínculo afectivo estable: la mera asistencia técnica —alimentación, higiene, cuidados básicos— no alcanza para sostener la vida. Sin investidura, sin presencia sensible y constante, el ser humano puede desmoronarse o apagarse.

¿Qué ocurre cuando ocurre cuando la madre no desea, cuando no puede, cuando no está, y no hay un cuidador primario que garantice la libidinización, es decir, la inscripción del bebé en el campo del deseo del Otro?

El deseo materno no es automático. Es una operación psíquica de alta complejidad que implica investir al bebé, otorgarle un lugar en el propio mundo interno, tolerar la transformación que su llegada produce. Implica también renunciasambivalencias y conflictos que la cultura suele negar bajo el mito de la maternidad natural. 

La idea de un instinto maternal garantizado por la biología ha operado durante décadas como una explicación simplificadora que desconoce la complejidad psíquica implicada en el deseo. Cuando ese deseo no aparece o se ve interferido, no se trata de una falla moral, sino de un proceso subjetivo que requiere comprensión clínica.

Donald Winnicott describió el sostén temprano como la experiencia que permite al bebé sentir continuidad. Cuando el entorno es suficientemente bueno, el niño desarrolla la sensación de que el mundo es habitable. Cuando ese sostén falla de manera persistente se produce desorganización.

John Bowlby, psicoanalista inglés, mostró, a través de investigaciones clínicas y estudios longitudinales, que el apego temprano configura la matriz de seguridaddesde la cual se explorará la vida. Sin base confiable, el entorno se vuelve imprevisible. El bebé no puede elaborar la ausencia ni atribuirle sentido; la vive como una irrupción desorganizadora, como una amenaza que compromete su continuidad misma.

El rechazo no siempre adopta la forma visible del abandono ni se expresa necesariamente en violencia.

A veces no hay brutalidad, sino ausencia de deseo. Puede ser más sutil y, por eso mismo, más difícil de nombrar: una madre que cuida pero no inviste, que cumple pero no conecta, que sostiene el cuerpo pero no aloja la existencia. Puede haber detrás depresión postparto no tratada, traumas infantiles reactivados por el nacimiento, duelos no elaborados.

Siempre hay proyecciones inconscientes sobre el hijo; el niño ocupa inicialmente una posición en el fantasma del Otro, porque ningún vínculo está exento de fantasías parentales. Esas proyecciones forman parte de la constitución subjetiva: el niño se inscribe inicialmente en el deseo y en sus representaciones.

El problema no es su existencia —que es estructural—, sino cuando se vuelven rígidas o masivas y el niño queda fijado a guiones que no le permiten desplegar una posición propia.

Puede haber también violenciamaternidades forzadas, precariedad o soledad extrema; pero incluso sin dramatismo visible puede tratarse simplemente de un deseo que nunca terminó de constituirse. No todo no-deseo es odio, pero siempre deja huella.

Frente a esa experiencia, el psiquismo no siempre se retira, intenta reorganizarsepara sobrevivir. El niño intenta sostener el vínculo incluso cuando ese vínculo vacila. Puede afinarse hasta la hipersensibilidad, endurecerse en una autonomía precoz, volverse complaciente hasta casi borrarse o demandar hasta el agotamiento del entorno. Lo que más tarde llamamos temperamento, carácter o modo de ser suele nacer allí: en una temprana estrategia de supervivencia vincular.

Cuando el rechazo no puede atribuirse a una causa comprensible, el niño tiende a internalizar la falla. Si el otro no me desea, algo en mí debe ser indeseable. Esa conclusión silenciosa no se formula en palabras, pero organiza la autoestima, la elección de pareja, la tolerancia al maltrato y el modo de ser y estar en el mundo.

El apego temprano configura la

La escena del pequeño mono aferrado a un peluche nos conmueve porque exhibe en estado puro el intento de fabricar continuidad cuando el primer sostén se resquebraja. El objeto no reemplaza a la madre. Funciona como puente frente a una ausencia que el niño no puede metabolizar sin algún apoyo simbólico.

Sin embargo, lo que verdaderamente explica la conmoción colectiva es algo más íntimo. Todos, de algún modo, hemos atravesado alguna forma de rechazo por parte del primer otro de los cuidados. No siempre fue brutal. A veces fue grave y constitutivo: abandono, violencia, no haber sido deseado. Otras veces fueron heridas más silenciosas: no haber sido mirados en el momento preciso, no haber sido comprendidos en una necesidad crucial, no haber coincidido con la fantasía parental. No existe infancia sin fallas y ningún sostén es perfecto. De todas formas esas fisuras dejan marca.

Algunas se reparan gracias a otros vínculos que llegan después y ofrecen una inscripción nueva y también en terapia. Otras se vuelven huellas estructurales que modelan cómo amamos, cuánto pedimos, cómo nos retiramos, qué creemos merecer.

No somos solo el resultado de pequeños o grandes rechazos, pero tampoco somos ajenos a él. Quizá por eso la escena viral produjo una reacción tan transversal y continental. No mirábamos solo a un animal, observamos la fragilidad del comienzo. Mirábamos la posibilidad —siempre latente— de no haber sido suficientemente deseados.El vínculo inicial asegura alEl vínculo inicial asegura al niño la sensación de un entorno habitable, sin ese sostén el

El problema no es la imperfección materna —la perfección no existe y, cuando se la exige, se vuelve violencia—. El problema es la persistencia del no-deseo sin posibilidad de reparación. ¡Qué alguien abrace a Punch!

Allí la escena deja de ser únicamente íntima y revela su dimensión colectiva. Lo que no circula con la misma velocidad es la marca que deja el rechazo cuando se instala en el comienzo. No hace ruido, se sedimenta. Y más tarde reaparece como inhibición, como síntoma, como una sensación difusa de no ser suficiente.

Muchas veces no logramos enlazar ese malestar con su origen y terminamos apropiándonos de una fantasmática que nos antecede pero no nos pertenece, o no del todo.Un lazo afectivo sólido en

Tal vez por eso miramos la escena con una mezcla de angustia y esperanza. Queremos que alguien lo sostenga, que ese pequeño finalmente sea amado. Como si al verlo salvado pudiéramos reescribir algo de nuestra propia historia.

La escena no habla solo de un monito con cara de juguete, cuenta del comienzo humano, de nuestra dependencia radical en la que se juega todo y un paso en falso puede pagarse toda la vida. Y recuerda, con una claridad abrasadora, que aquello que no fue suficientemente alojado no desaparece, permanece e insiste.

Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.

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