
La actriz irlandesa cuenta con una impresionante lista de personajes en su haber, con papeles aún más jugosos por venir. Habla con Hannah Nathanson sobre su compromiso de estar presente y su negativa a callarse.
Existe un debate que Nicola Coughlan suele tener con su novio, el actor Jake Dunn, sobre la silla ubicada en la esquina de su dormitorio. ¿Es para la ropa que se quitan cuando llegan a su casa? ¿Está ahí para verse como objeto de decoración? ¿O está para sentarse?
Para Coughlan, es una verdad universalmente aceptada que la silla es para la ropa. “Soy bastante desordenada”, admite cuando nos encontramos en el rincón trasero de una concurrida cafetería londinense, con comensales cercanos sorbiendo shakshuka, mientras pedimos cafés (el suyo, un latte helado descafeinado con leche de avena, a pesar del frío de enero).
“No soy sucia, pero sí desordenada”, dice con decisión en su acento de Galway, que tiene un leve tono áspero, efecto de actuar ocho veces por semana en el National Theatre.
“Es muy TDAH en el sentido de que hay cosas extremadamente organizadas, como armarios coordinados por colores, y también ropa en el suelo. Pero intento, intento, intento. Cuando vivís con alguien, tenés que controlarlo”.
Sin embargo, es precisamente ese “desorden” lo que la convierte en tan buena compañía. Habla rápido y su mente va aún más rápido. Llega disculpándose por una marca roja alrededor de su ojo izquierdo —es de su antifaz para dormir— y enseguida empezamos a hablar de ayudas para dormir y de lo que usamos para sentirnos seguros por la noche.
Aunque no teme abordar temas de peso —desde la salud mental (fue diagnosticada con TDAH a los treinta) hasta el body shaming (se niega a ser una defensora de la positividad corporal)—, dice que le disgusta la charla trivial. “No soy buena para socializar superficialmente. Y no me encanta que la gente solo hable de ‘¿Qué tenés el mes que viene?’. Me agota un poco”.
A mí también me agota un poco todo lo que Coughlan tiene por delante. La actriz, que alcanzó la fama a los 30 interpretando a una adolescente en el éxito arrollador “Derry Girls” y trabajó de forma constante durante casi una década desde entonces, tiene ahora una lista interminable de proyectos futuros. Pero lo especial de Coughlan es que prefiere hablar de cosas que le hacen sentir y creer en algo, en lugar de quedarse en la superficie.
Afortunadamente, muchos de sus proyectos provocan ese efecto en el público. Desde el drama irlandés de 1907 “The Playboy of the Western World”, en el National Theatre, donde recientemente interpretó a Pegeen, una camarera despreciada en la Irlanda rural que cada noche cerraba la obra llorando de desesperación (los directores tuvieron que ayudarla a “reiniciar” su sistema nervioso golpeando el suelo y luego su pecho tras las funciones), hasta la próxima “I Am Helen”, la serie antológica ganadora del Bafta que anteriormente contó con Kate Winslet y Letitia Wright, y que aborda la toxicidad de la masculinidad.
También tuvo momentos más ligeros: un breve pero dulce cameo como “Diplomat Barbie” en la superproducción rosa de Greta Gerwig y, por supuesto, su papel protagonista como Penelope Featherington en el éxito de Netflix, “Bridgerton”, ahora en su cuarta temporada.
Próximamente, llegará la segunda temporada de “Big Mood”, la comedia de Channel 4 sobre la amistad y la salud mental, y a fin de mes estará en cines como Silky, un hada con crisis de identidad en la adaptación de Enid Blyton “The Magic Faraway Tree”, junto a Andrew Garfield y Claire Foy. “Han sido dos años muy ocupados, la verdad”, dice Coughlan, en lo que podría ser la subestimación de la década.
Su agenda implicó rodar series, no solo consecutivamente, sino a veces al mismo tiempo, alternando entre personajes como Maggie —con trastorno bipolar— en “Big Mood” y la Penelope de época con rizos. Su versatilidad es asombrosa. “Le sale de forma natural”, dice Camilla Whitehill, creadora de “Big Mood”. “Incluso si está agotada, da el 100% y está completamente presente”.
También evitó caer en el encasillamiento. “Me siento muy afortunada por eso. Creo que había un riesgo con Derry Girls siendo tan exitoso… Era increíble, pero te preguntás: ‘¿Voy a interpretar a este personaje para siempre?’ Tuve suerte de que llegara “Bridgerton”, porque era muy diferente desde el principio”.
El enorme éxito de “Bridgerton” (la primera temporada fue vista por 82 millones de hogares en sus primeros 28 días) continuó con Coughlan liderando la tercera temporada, donde finalmente inicia una relación —muy apasionada— con Colin. Esta temporada, incluso tuvieron un bebé. “¡El bebé se parece muchísimo a mí!”, dice encantada.
Aunque empezó a actuar a los nueve años y lleva tres décadas en la profesión, pasó gran parte de sus veinte alternando entre Londres y Galway, trabajando en tiendas para ganarse la vida. Sobre qué la mantuvo firme pese al rechazo: “Sabía la alegría que me daba. Es como cuando sabés que conociste a la persona correcta”.
Ahora, el mundo no se cansa de ella. Forma parte de la llamada “Craic Pack”, junto a actores como Paul Mescal, Jessie Buckley y Barry Keoghan. También destaca por su activismo: recaudó millones para causas humanitarias, incluyendo fondos para niños palestinos y organizaciones trans. “No soy política, pero puedo recaudar dinero”, afirma.
Coughlan también habla abiertamente sobre su TDAH: “Es como si me hubieran dado el manual de mi cerebro que no tenía al nacer”. Sin embargo, rechaza ser etiquetada como referente de la positividad corporal: “Hay muchas cosas que me apasionan; esa no es una de ellas”.
A sus 39 años, reflexiona sobre su vida y su relación con Dunn, con quien mantiene una relación a distancia. Le encanta la vida doméstica y los gadgets del hogar —desde limpiadores de alfombras hasta aspiradoras robot—, y valora ese espacio como base para recargar energías.
También estuvo pensando mucho en la amenaza de la IA: “Será cada vez más difícil saber qué es real, así que es más importante presentarnos en la vida real”. Por eso ama el teatro: “Es una experiencia compartida y real que solo tienen las personas en esa sala en ese momento”.
Cuando vuelve a Galway para descansar unos días, duerme diez horas seguidas, cocina para su familia y pasa tiempo con sus sobrinos. Pero ni siquiera entonces se detiene del todo. ¿Vacaciones? ¿Descansar en esa silla del dormitorio? No parece probable: “Hay este proyecto…”, dice Coughlan, que no puede —ni quiere— dejar de abrirse camino a su manera”.
Fotos Georgia Devey Smith. Estilismo Jenny Kennedy. Makeup Neil para A-Frame Agency. Pelo Halley Brisker Young para The Wall Group.
ELLE ARGENTINA



