
Una mirada conmovedora sobre un trastorno mental que modifica la vida de quien lo padece y de todo su entorno.
La magnífica obra Olivia que se presenta en San Abasto trata sobre los complejos universos de la feminidad, los brillos del alma, sus misterios poéticos y el lento, progresivo, continuo desalojo de las funciones cognitivas, las imágenes y registros de una vida. Son los embates de la pérdida de un reino que no yace solamente en eso que nombramos casa y hogar, sino en lo que Becket nombró la cabeza. El lugar intangible de la creación, experiencia aleatoria, vaporosa, embebida de erotismo, al modo en que la protagonista cita los retazos de las lecturas realizadas durante toda una vida. Allí aparecen Baudelaire y el alcohol, el sufrimiento de Lorca y sus Bodas de Sangre, las brujas de Macbeth disipando la tragedia próxima. El estupor y la determinación de Olivia han devenido desde su demencia a una reina, una actriz de ópera, una luminaria, una vida nueva y fatal.
Ante la confrontación con una realidad que se ha vuelto alternativa y confusa, Olivia se desplaza desde la maestra, la docente y profesora que fue a las estelas del arte, última remembranza vital. Dos hilos fundacionales sostienen y dan aliento a la obra. En la subjetividad de Olivia, el universo brillante y monumental de sus alucinaciones. El otro, el quehacer rítmico del tiempo enajenado, desmesurado, duplicado, fragmentándose progresivamente. Su persistencia, buscar y rebuscar su reloj, el reloj en los otros, su propio reloj extraviado. Como ella señala en sus acciones, el tiempo suele proponernos extrañas universos reencontrados, volvemos a brillar con ellos.
Proclama Olivia: siempre tuve dos relojes, uno en mi cabeza, el otro en mi muñeca, ¿dónde está mi reloj? Allí el tiempo se vuelve elíptico, una otra erótica desconcertante, caída incesante hacia los suburbios del destino, del hospicio, de la internación y el geriátrico. La relación con su hijo marca la tensión ineludible de aquel que escapa, se va o se desangra, en las postrimerías de aquella mujer que es su madre y, a la vez, ya no es su madre, que lo reconoce y también no lo reconoce. Que apenas recuerda su nombre, y a partir de allí, construye secuencias y desdoblamientos de hijos multiplicados.
¿Quién es el hijo verdadero y con quién de ellos construye la relación verdadera? Algo se desliza por la ladera del entendimiento. Desde las mujeres, fragantes y fascinantes, que en sus ocasos supo iluminar Tennessee Williams en Un tranvía llamado deseo, en De repente, el último verano.
El escrito en el programa de la obra nos advierte: “Olivia padece una enfermedad de deterioro irreversible. Su hijo intenta contener el difícil trance de una mujer que además pierde su independencia. Distintas etapas se desordenan en la mente de ella, sazonándola con la literatura universal que la acompañó durante toda su vida… esta lógica rota es la partitura visual de la vida de Olivia y su tránsito convertido en una épica personal”.
Allí está Blanche entregándose en Un tranvía llamado deseo. Olivia, tanto como Blanche, emerge con aquel último paso elegante que lleva hacia la luz o al encuentro entre el padre y la muerte. Blanche dice, en la última procesión de la obra, tomada del brazo de su protector, que es también el gestor de la última morada psiquiátrica, siempre dependí de la bondad de los extraños.
En esos restos una vida existe y nos conforta, Olivia y su poder declinante son también la generosidad de los hilos de oro que surgen de la confusión. Olivia continúa viva y persiste.
Olivia explora la feminidad, la memoria y las pérdidas a través de una protagonista que, en su progresiva demencia, oscila entre la realidad y la alucinación. También como resguardo, evocando figuras literarias y teatrales, velos fascinados que aún la sostienen.
Olivia es encarnada por Celina Tellería en estado de gracia, ella tiene luz propia y la proyecta hacia el auditorio en vilo. La acompañan de manera maravillosa, escuderos en sus aventuras mentales y materiales, Dani Macri (Diego, su hijo), Andrea Di Lascio (Victoria), Lucas Krutnik (Emiliano), Ileana Jaciw (Sofía), Nicu Gaudiero (Gabriela), con dirección de Pepe Arias. La dramaturgia es el emergente de un esfuerzo coral y comunitario.
Olivia asciende en su caída, se encamina con su séquito alucinado. Entre las sombras, las que recuerdan una vez más los vestigios de los grandes parlamentos de Shakespeare, hacia un sol ideal que promete el horizonte de las grandes ilusiones y un desamparo irreversible. Finalmente, entre los retazos de imágenes y escenas confrontativas con la realidad de la feminidad, en escenas actuales que van desde la sospecha hasta el objeto de la denigración humana, allí donde aparece el nombre de una hija ideal, Elisa. Pequeña, bella, aquella que le recuerda que todavía es una madre. Pero la obra nos desliza al sinsentido de las tragedias, de los accidentes y las muertes que dejan emociones inconclusas, Elisa ya no estará. Ahora Olivia está sola, en su progresivo estupor, en el terror agazapado de las sombras, en la realidad arrebujada de verdad. Sólo resta para Olivia ir hacia la luz de la proximidad de los parques, mirada arrobada de la condición humana que aún en desventura, troca corona de espinas por majestades vaporosas de los tronos y las tiaras del alma.
Olivia se presenta en San Abasto Subterráneo Cultural, Sánchez de Bustamante 632, CABA, los jueves a las 20. Entradas en Alternativa Teatral.



