
El bosque de Dryandra es uno de los pocos lugares donde aún se pueden encontrar numbats salvajes.
«Mantén los ojos bien abiertos», es la orden desde el asiento del copiloto.
Obedientemente, escudriñamos los extremos y las partes superiores de los troncos, buscando entre la maleza baja y los parches de flores silvestres de colores vivos un destello de rayas o un movimiento rápido.
Se nos escapa el numbat, un raro marsupial australiano que podría ser el hijo ilegítimo de una ardilla listada y un oso hormiguero.
Los numbats solían ser muy numerosos en la mitad sur del continente, pero el bosque de Dryandra —en el extremo suroeste de Australia— es uno de los pocos lugares donde aún se pueden encontrar.
Mientras avanzamos lentamente por los senderos del bosque, los investigadores nos explican cómo este viaje anual ayuda a garantizar la supervivencia de la especie.
Clasificados como especie en peligro de extinción hasta este mes, los numbats se están recuperando. Gracias a los esfuerzos de este equipo, han sido eliminados de la lista roja internacional de especies amenazadas, un poco habitual rayo de esperanza en un país que enfrenta una emergencia de extinción.
Esta parte de Australia es la primera línea de esa crisis: el último bastión para muchas especies llevadas al borde de su desaparición por plagas salvajes, enfermedades, el desarrollo urbano, la destrucción de su hábitat y el cambio climático.
En un momento dado, sobrevoló nuestro auto una cacatúa de Carnaby, una especie en peligro de extinción.
Durante mucho tiempo, Australia ha sido reconocida como un paraíso natural, hogar de algunas de las especies de plantas y animales más singulares del mundo. Más del 80% de ellas no se encuentran en ningún otro lugar.
Sin embargo, también podría decirse que se ha convertido en la capital mundial de la extinción, ya que pierde aproximadamente cuatro especies cada década, y esta tendencia no hace más que agravarse.
Voluntarios y conservacionistas con escasos recursos han estado frenando el avance de las crecientes amenazas, pero los expertos temen que, sin medidas urgentes y valentía política, la biodiversidad que Australia asegura amar se dirige hacia una masacre.
«Ni siquiera se trata de imaginarlo, está sucediendo ante nuestros propios ojos», declara el profesor Euan Ritchie a la BBC.
La creciente lista de amenazas
Como si avistar una criatura rara en estado salvaje no fuera ya un desafío suficiente, el numbat es un experto en camuflaje del tamaño de una ardilla, explica el doctor Tony Friend, el padrino de la conservación en el estado de Australia Occidental.
«Hoy se han quedado dormidos», bromea Rob McLean, presidente del Grupo de Trabajo Numbat, un grupo de voluntarios que hace posible gran parte del trabajo del profesor, que cuenta con escasos recursos.
Durante dos semanas cada primavera, cuando las crías comienzan a salir de sus madrigueras, este equipo recorre un circuito diario en camioneta y registra cada numbat avistado.
Apuntan las coordenadas de GPS, miden la distancia a la carretera y utilizan una ecuación compleja para estimar la densidad de estos animales en el bosque y, a partir de ahí, el estado general de la población.
Una persona permanece sentada en silencio concentrada junto a cada ventana, otra encaramada en la parte trasera del vehículo, agachándose para esquivar las ramas de los árboles que se alzan a nuestro alrededor.
Entre los troncos, vislumbramos de vez en cuando las tierras de cultivo arrasadas que cercan esta pequeña zona boscosa protegida. Al costado de un sendero hay una máquina que detecta y rocía con veneno a gatos y zorros salvajes, otro recordatorio de los peligros que enfrentan los numbats.
«Este año ha sido un auténtico festín», admite Tony.
Durante horas, navegamos por la zona, viendo loros, wallabies, un varano y un par de equidnas, pero ningún numbat.
Tony llegó a Dryandra en los años 80 y se encontró con una población de numbats de menos de 50 ejemplares. Muchos de los culpables de entonces eran los mismos que siguen provocando extinciones en todo el país hoy en día.
Grandes extensiones de hábitat están siendo deforestadas para dar paso al desarrollo urbanístico o a industrias como la agricultura, la minería y la explotación forestal.
A su paso dejan un rastro de destrucción las plagas introducidas: hormigas rojas, sapos de caña, conejos, zorros y gatos salvajes.
Las malas hierbas invasoras como la lantana están asfixiando la vegetación australiana. La clamidia ha llevado a los koalas al borde de la extinción en gran parte del país, mientras que el hongo quítrido, que se alimenta de la piel, ha causado siete extinciones de ranas en el país, y la cifra sigue aumentando.
El cambio climático está creando condiciones inhabitables para algunas especies, como los zorros voladores autóctonos, que están cayendo de los árboles por miles debido a las temperaturas extremas.
Para otros, significa perder sus alimentos o sus hogares.
El cambio climático también está provocando desastres naturales que arrasan con plantas y animales con una regularidad ya alarmante.
Los tristemente célebres incendios forestales del «verano negro» de 2019-2020, por ejemplo, causaron la muerte de aproximadamente 3.000 millones de animales.
Las inundaciones sin precedentes que siguieron durante los años siguientes fueron tan generalizadas que resulta imposible calcular su impacto en la fauna silvestre.

Muchas especies que antes abundaban en todo el continente ahora están aisladas en zonas cada vez más pequeñas y fragmentadas, y cada impacto se acumula, dejándolas más vulnerables al siguiente.
Existen esfuerzos pequeños, pero decididos, para frenar la tendencia a la baja.
Mientras un joven numbat devora su desayuno (natillas con «trozos de termita») en el zoológico de Perth, un cuidador explica cómo la próxima liberación de este semental en Dryandra ayudará a aumentar la diversidad genética.
«Cuando recibes la confirmación de que tus hijos han tenido hijos, es muy gratificante», asegura Vicki Power.
Programas de cría como este también han hecho posible la creación de poblaciones adicionales de diversas especies amenazadas.
Pero muchos no pueden sobrevivir en la naturaleza salvaje, donde el control de los depredadores a gran escala sigue siendo una batalla interminable, y en su lugar son enviados a reservas naturales cercadas, que en sí mismas requieren mucho mantenimiento y se enfrentan a problemas como la endogamia y la superpoblación.

Los proyectos de protección o restauración del hábitat se han intensificado, pero no están a la par con la destrucción, especialmente en las zonas más críticas.
Los científicos también intentan combatir las enfermedades, aunque se trata de una tarea costosa y laboriosa que, a la mayoría de las especies, solo les proporciona un poco más de tiempo.
Otros se dedican a preservar material genético por si algún día descubrimos cómo resucitar especies extintas.
100 especies extintas… y contando
Los científicos coinciden en que estamos viviendo la sexta extinción masiva del planeta, la primera causada por los seres humanos. Pero Australia está a la vanguardia de esta tendencia.
Es el país que encabeza la lista mundial de extinciones de mamíferos, y también ocupa puestos destacados en lo que respecta a la pérdida de otras clases de especies.
«A pesar de que Australia es uno de los países más ricos del mundo per cápita y cuenta con una cantidad considerable de científicos de renombre mundial… tenemos un historial verdaderamente lamentable en la conservación de especies», afirma Ritchie.
«Y las cosas no están mejorando», sentencia.
La lista oficial de extinciones del gobierno australiano asciende a 67 especies, pero los investigadores aseveran en que al menos 100 especies de plantas y animales se han perdido para siempre.
Asimismo, sospechan que la cifra real es mucho mayor, pues el país sigue descubriendo especies que ya se han extinguido.
BBC



